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viernes, mayo 09, 2014

El horror (aún) inaceptable.


Sucedió el 14 de abril pero no ha sacudido los océanos virtuales de imagen y tinta hasta estos días. Doscientas niñas secuestradas en Nigeria para ser vendidas como esclavas. El horror. Un horror aún inaceptable. Creo que era francés y filósofo quien decía que el triste destino de África era convertirse en un yacimiento de catástrofes, en una sucesión de desastres que llamasen la atención mediática en base a una perversa progresión de los detalles, forzosamente cada vez más espantosos para que la opinión pública occidental quedase tocada durante un período de tiempo cada vez más corto. Ante cada desastre, motivado por causas naturales o antrópicas, el discurso aleatorio y en bucle de los "no es tolerable," "nuestro gobierno se dispone a disposición de las necesidades de...," "aprobaremos de urgencia un paquete de ayuda a la cooperación," "presionaremos diplomáticamente con toda determinación" o "intervendremos militarmente" se activaría y los telediarios y las redes sociales se harían eco...  durante unos días.

Casi un mes después del secuestro aterra pensar en dónde y cómo estarán las doscientas niñas; y es casi tan aterrador pensar en el tiempo que pasará hasta que este horror caduque como noticia y guardemos los discursos y los hashtags a la espera de un horror mayor. También aterra la certeza de que si esas niñas vuelven a casa y, dentro de diez años quieren llegar a Europa a toda costa, se encontrarán alambradas y vallas con cuchillas cuando lleguen a Melilla y vean, a lo lejos esa Europa que tan rápido se llena la boca con bonitas palabras. Tan lejos y tan cerca.

Wole Soyinka, poeta nigeriano, escribió en la cárcel hace unos cincuenta años esto:

Lenta, inexorablemente, la realidad se disuelve y la certidumbre
traiciona a la conciencia

domingo, marzo 28, 2010

28 de marzo

Aniversario de la muerte de Miguel Hernández.
Yo quiero ser llorando el hortelano...

miércoles, junio 06, 2007

La Biblioteca Nacional de Sarajevo.


El 26 de agosto de 1992 alrededor de dos millones de libros se quemaron en la Vijecnica o Biblioteca Nacional de Sarajevo. En Europa mirábamos hacia otro lado y aquel humo tampoco consiguió que volviéramos la cabeza.

El poeta bosnio Goran Simic escribió en 1993 el texto Lamento por Vijecnica, recogido en el libro de Fernando Báez:


La Biblioteca Nacional se quemó los últimos tres días de agosto y la ciudad se ahogó en negra nieve.

Liberados los montones, los caracteres vagaron por las calles, mezclándose con los transeúntes y las almas de los soldados muertos.

Vi a Werther sentado en la acera arruinada del cementerio; vi a Quasimodo columpiándose con una sola mano en un minarete.

Raskolnikov y Meursault cuchichearon juntos por días en mi sótano; Gavroche alardeó en un camuflaje fatigado; Yossarian vendía ya reserva al enemigo; por unos pocos dinares el joven Sawyer se zambullía lejos del puente del Príncipe.

Cada día más fantasmas y menos personas vivas; y la terrible sospecha se confirmó cuando los esqueletos cayeron sobre mí.

Yo me encerré en casa. Hojeé las guías de turista. Y no salí hasta que la radio me dijera cómo ellos pudieron tomar diez toneladas de carbón del sótano más profundo de la quemada Biblioteca Nacional.

miércoles, mayo 09, 2007

Barbarie.

Leído en el ya citado libro de Fernando Báez:



"No hay libros. El Gobierno del Pueblo ha triunfado." Un letrero con este extraño mensaje se mantuvo colgado en la entrada de la Biblioteca Nacional de Camboya durante algunos meses del inicio del año 1976. En el interior de este centro, campesinos y soldados convivían en barracas junto con cerdos y gallinas que dormían donde antes se encontraban anaqueles y sillas. Los pocos libros que aún sobrevivían eran utilizados para labores cotidianas o para liar cigarrillos.